¿Y porque un necio pasa por sabio si guarda silencio?

En la entrega anterior analizamos el fenómeno de los movimientos antivacunas y las razones iniciales detrás de su rechazo a la inmunización. A continuación, profundizaremos en los sesgos cognitivos y los factores socioculturales que continúan alimentando esta postura.

Existe una marcada tendencia social a exagerar las virtudes de lo considerado “natural”, dándole una validez exclusiva frente a los compuestos “sintéticos” de los fármacos, bajo la falsa premisa de que estos últimos son ineficaces o nocivos. Este sesgo lleva a evaluar la seguridad a partir de observaciones aisladas o experiencias informales. De este modo, se magnifican los efectos secundarios graves, los cuales están debidamente documentados y son extremadamente infrecuentes, mientras se ignoran los riesgos reales de los productos
naturales, en los que habitualmente se desconoce la concentración exacta o la presencia real del principio activo.

Por otro lado, el cerebro humano busca patrones de forma natural y tiende a vincular eventos que se presentan de manera consecutiva que pueden no estar ligados. Por ello, si una persona presenta algún malestar días después de recibir una vacuna, esta de inmediato asociara ambos acontecimientos, omitiendo que el malestar posterior pueda tener un origen totalmente independiente.

Además de esto, las ideas antivacunas se ven severamente amplificada en el entorno digital. Las redes sociales han masificado y popularizado los debates entre especialistas en vacunación y supuestos “escépticos”, proyectando una falsa simetría que sugiere, de manera errónea, que ambas posturas poseen el mismo peso científico. En realidad, los “escépticos” carecen de evidencia científica sustentada y fundamentan su discurso en
narrativas anecdóticas o testimonios de terceros.

Finalmente, una de las razones por lo que las ideas antivacunas han resurgido es, irónicamente, por el mismo éxito de las vacunas. Gracias a las vacunas la expectativa de vida de las personas ha aumentado al reducir e incluso eliminar brotes de enfermedades como viruela, sarampión, poliomielitis, rabia etc. provocando que la gente ya no vea pulmones de acero, niños en muletas por polio, muertes por viruela, disminuyendo el temor social a la enfermedad y alterando la percepción del riesgo.

Los antivacunas al ver que no existe riesgo de enfermedades graves creen erróneamente que no es tan grave y dan cabida a discursos como los mencionados anteriormente o al no entender los procesos biológicos sumamente complejos se inclinan a ideas fáciles y digeribles.

Las vacunas son una de las herramientas de salud más eficaces de la historia humana, habiendo salvado innumerables vidas y erradicado patologías devastadoras. Por tanto, es mejor informarse en fuentes fidedignas y no dejarse llevar en amarillismos.

*Diseño e infografía: El Contemporáneo, con apoyo de herramientas de inteligencia artificial. Información basada en evidencia científica y organismos de salud pública.