Ya les platiqué un poco de los linajes de anfibios que comenzaron la colonización de la superficie, adentrándose cada vez más en tierra firme y llegando a alcanzar proporciones enormes en algunos grupos.
La única barrera que detenía su conquista definitiva de todos los ambientes terrestres era el requisito indispensable del medio acuático para su desarrollo larvario, una cadena que sería destruida unos cuantos millones de años después.
Un linaje de anfibios evolucionó hacia un estilo de vida capaz de abandonar por completo el agua (más que para beber), siendo los primeros vertebrados que pudieron dejar sus embriones en tierra firme sin necesidad de tener fuentes de agua para su desarrollo: fabricaron un microambiente acuoso privado, perfectamente estructurado, con su ración de nutrientes y todo protegido con membranas que evitan la desecación, promueven la oxigenación, y una elegante cáscara exterior de calcio que es resistente y abre-fácil a la vez, para cuando las crías están suficientemente maduras para explorar el mundo exterior.
La evolución del huevo amniota, que surgió hace unos 325 millones de años y muchísimo antes que la primera gallina, junto con una piel seca recubierta de escamas queratinizadas que evita la deshidratación, respiración enteramente pulmonar y el desarrollo de una fecundación interna les dio a estos tetrápodos el empujoncito que hacía falta para poder convertirse en amos y señores del supercontinente Pangea.
Así, los Amniotas derivaron en dos líneas evolutivas: los Sinápsidos y los Saurópsidos.
Esta división se inició en el Carbonífero y durante el Pérmico ambos grupos se diversificaron y prosperaron siendo los sinápsidos (llamados tradicionalmente “reptiles mamiferoides”) quienes obtuvieron primero la ventaja.
Les hablaré de cada uno a su debido tiempo.
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*Infografía: El Contemporáneo | Diseño editorial realizado con apoyo de inteligencia artificial (ChatGPT/OpenAI), basado en información de este artículo de Dinodatos.
