IA, motor de progreso o amenaza silenciosa

Antes necesitábamos mucho estudio, años de experiencia y, sobre todo, tiempo. Ahora basta con abrir una aplicación o una pestaña en el navegador.

La Inteligencia Artificial (IA) ha convertido en rutina lo que antes, para muchos, era casi imposible o muy difícil de realizar: escribir un ensayo, un guion cinematográfico, programar una aplicación, editar fotos, crear un video, aprender un idioma, etc. Un superpoder al alcance de cualquiera con conexión a internet, similar a tomar una
píldora como la NZT-48 de la película Limitless, que amplifica las capacidades mentales de quien la toma. Pero, al igual que esa pastilla ficticia, la IA también puede tener su lado negativo.

La primera vez que alguien prueba una herramienta como ChatGPT suele ocurrir lo mismo: asombro. El estudiante que escribe su ensayo en minutos, el emprendedor que en una sola tarde obtiene un plan de negocios, el inversionista que genera un análisis cuantitativo para optimizar su portafolio, el creativo que desbloquea un proyecto estancado. La sensación es la de haber descubierto un atajo secreto hacia la
genialidad.

Esa experiencia inicial es adictiva porque la IA promete —y cumple— lo que la educación y la disciplina nunca habían logrado en tan poco tiempo: acelerar el aprendizaje, simplificar tareas complejas, multiplicar la productividad. Como la pastilla de Limitless, la IA nos hace sentir que, por fin, todo está a nuestro alcance.
Sin embargo, el encanto tiene un reverso. Si dejamos que la máquina piense por nosotros, corremos el riesgo de perder la confianza en nuestra propia inteligencia y capacidades o, incluso peor, atrofiar nuestra capacidad de razonar y pensar. Y es que, si la IA es capaz de hacer tantas tareas por nosotros, llegará el momento en que nos
preguntemos si vale la pena realizarlas sin su ayuda.

Tampoco podemos ignorar el alto consumo de energía y recursos que los centros de datos e infraestructuras necesitan para hacer funcionar herramientas como ChatGPT. Este es un problema ambiental y económico que debemos enfrentar con seriedad.

Además, los modelos de IA no siempre ofrecen información precisa o verdadera. Muchos se alimentan de la enorme masa de datos que circula en internet, donde gran parte del contenido es falso, incompleto o sesgado.
Otro aspecto crucial es la desigualdad. Según datos de 2024 de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), un tercio de la población mundial no tiene acceso a internet. El rezago es aún mayor en los Países Menos Adelantados (PMA), donde solo el 35 % de la población está conectada. Siendo internet el principal punto de acceso a la IA, esta brecha tecnológica revela una nueva forma de desigualdad: mientras algunos ya dominan estas herramientas y obtienen una ventaja competitiva, otros siguen trabajando de manera tradicional. El nuevo alfabetismo ya no es solo leer y escribir, sino saber conversar con algoritmos inteligentes. En esta carrera, algunos
avanzan a velocidades descomunales, mientras otros ni siquiera saben que la carrera ha comenzado.

La IA quizá no sea la píldora mágica que desbloquee todo nuestro potencial intelectual, pero sí es un amplificador sin precedentes de la inteligencia colectiva. Hoy nos encontramos en un punto de inflexión para el desarrollo de nuestro futuro y, tal vez, incluso de nuestra propia mente.

Me gusta pensar que, como sociedad y como individuos, aprenderemos a aprovechar la IA, para que sea esta un catalizador del progreso de la humanidad, y no algo que
termine esclavizando nuestro pensamiento o destruyendo nuestro mundo. No mediante la rebelión de las máquinas;, sino por la sobreexplotación de los recursos de nuestro planeta. Por ello, es importante tener presente los puntos negativos del uso de herramientas de IA, no para evitar su uso, sino para usarla de manera ética y responsable. La IA puede ser un motor de progreso o una amenaza silenciosa, según cómo decidamos usarla. Y, como bien recordaba la frase popularizada por Spiderman: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. El reto está en que sepamos asumirla.