La calle yacía tranquila, los cohetes habían cesado desde hace un par de horas. Mi casa parecía deshabitada en comparación a los cuartos de junto. Mi tía tenía una reunión con sus amigos: gente que contaba con una solvencia mayor a la que yo podía aspirar en ese entonces.
Desperté el sábado 16 de diciembre de 1972 entre la frialdad de la madrugada y los inquietantes movimientos de mi hermana Juana. –Tengo miedo– decía con quietud. –No pasa nada – afirmé con soltura.
Éramos tres mujeres frutos de la unión Muñoz Batalla. Mi padre, un hombre de apariencia robusta, desinteresado en nuestra educación que mantenía arraigado el hecho de que las mujeres no deberían estudiar: “¿Estudiar? ¡Para qué! La mujer sirve para la casa, nada más,” y mi madre, una mujer sumisa que se las ingeniaba para darnos educación y alimento, todo al mismo tiempo.
Me levanté con pesadez en el cuerpo. Eran vacaciones y dentro de nueve días sería Navidad, una festividad que no era importante para mi familia y solo traía recuerdos infalibles de mi agria infancia.
Mi recámara la compartía con mis hermanas: Juana, la menor, Patricia, la más grande y yo la de enmedio; el equilibrio perfecto o eso quería creerlo.
Una cama matrimonial adornaba el centro de la habitación, y en un cuadro reposaban retratos que acrecentaban mis ensoñaciones de antaño cuando una tarde de febrero el aire se contoneaba entre sus esquinas y daba luz a una esperanza cegadora: la Titina, mi maltés color crema.
Las tres dormíamos en esa cama. Mis padres no tenían los recursos suficientes para sustentar un lecho individual.
Paty había despertado desde hace unas horas y ayudaba a mamá en la cocina. Calcé mi único par de zapatos y uno de los diez vestidos que tenía, todos ellos hechos por mi madre porque, además de su gusto por la costura, trataba de ahorrar los escasos suministros de mi padre.
Caminé hacía la cocina y encontré a ambas mujeres ataviadas en los quehaceres domésticos. Pronto me uní y escombramos el pequeño cuarto que funcionaba como cocina, comedor y sala. El radio estaba prendido y transmitía una radionovela.
Juana ya había despertado al momento en que nos preparábamos para salir al mercado con el fin de comprar los ingredientes de la cena. Cada año se celebraba una posada donde se reunían amigos y conocidos de la señora Tina, una de las dos amigas que mi madre tuvo durante toda su vida.
Ella trabajaba como conserje en una escuela cercana a nuestro hogar. Era madre soltera y cuidaba de su hijo Jorge, un veinteañero que prefería salir con sus camaradas.
En la única posada invitaba a sus sobrinos Aida, Félix y “Germancito”, tres niños de clase media alta que vivían en ciudad Satélite.
Llegamos y mi madre comenzó a cortar los vegetales y el pollo: esta noche comeríamos pozole. Entre los preparativos llegaron los sobrinos de la señora Tina y, como tal, se pusieron a hablar de “cosas de adultos” y nos mandaron a ver el televisor, el cual era relativamente viejo.
Papá lo había comprado en oferta y como estudió por correspondencia para ser “Radiotécnico”, lo compuso y pudimos quedárnoslo. A mis doce años, era la primera televisión que teníamos.
Mi padre veía un programa y leía el periódico, todo al mismo tiempo. El contexto social era ambiguo, había mucho control político y de expresión. El país enfrentaba una crisis, aún no se recuperaba de lo sucedido hace cuatro años, en octubre, cuando los estudiantes fueron sometidos por el gobierno de Díaz Ordaz. Sin embargo muchos “trataban” de olvidarlo con la incursión de proyectos que Echeverría, el actual Presidente, insertó en las universidades.
Aún se tenía un pensamiento cerrado. Eran muy notorias las diferencias de clases entre los habitantes. El PRI gobernaba con autoritarismo y un fuerte control mental. Los medios de comunicación estaban regidos por una era de “libertad ilusoria”; sabían los hechos pero nadie decía nada. Eran pocos los que hablaban y los que lo hacían…desaparecían.
Adormecida salí al patio con los demás. Pese a que mi casa era pequeña, poseía un esplendoroso patio con diversos tipos de árboles frutales. El limonero plantado desde hace cinco años me recordó a Titina, y cuando solíamos jugar en nuestros ratos libres, estábamos con los gatos en la azotea o nos burlábamos de nuestra prima rica Blanca, quien terminaba llorando entre los brazos de su madre.
Faltaban diez minutos para las cinco de la tarde. Alrededor de veinte personas, entre amigos, familiares y conocidos se sentaron en la sala. Los infantes jugaban en el patio. La diferencia de edades era muy notoria: los adultos con sus pláticas ocupaban el centro de atención y los niños con sus risas ingenuas reflejaban aún la inocencia de aquella época.
A las seis el pozole estaba listo. La hermana de la señora Tina llevó tres piñatas y aguinaldos. Dimos vueltas por la calle con los peregrinos; recitábamos la melodiosa oración “Ora Pro Nobis”.
Chispas de colores iluminaban el cielo con su resplandor dorado. Las velitas quemaban nuestros dedos entumecidos por el frío, y los más jóvenes esperaban ansiosos para romper la piñata.
Aproximadamente terminó a las siete de la tarde, y nos dirigimos a la casa de la señora Tina. Un lugar espacioso que aludía a las casas antiguas, allá por el año de la revolución mexicana.
Su patio, más grande que el mío, ostentaba dos mesas que daban cabida a diez personas. Los adultos alistaban los lazos para que los infantes pudieran romper las tres piñatas llenas de fruta. Cacahuates, jícamas, naranjas, mandarinas, tejocotes, guayabas y cañas conformaban su interior.
Los más pequeños comenzaban la ronda. Acompañados por sus papás le pegaban con delicadeza a la estrella de barro; algunos eran más atrevidos y daban palazos a como fuera. La primera piñata cayó y nos agazapamos como depredadores al observar a su presa.
Aida había ganado más fruta que sus hermanos. Blanca, nuestra prima, se llevó un golpe y lloraba desconsoladamente entre los brazos de mi tío Chava mientras “Germancito” comía una guayaba aplastada entre los escombros.
Entre las ocho y media podía olerse el penetrante aroma del pozole blanco. De solo husmear un poco, las entrañas crujían con un hambre evidente. Nos sentamos en las mesas preparadas para los comensales.
Degustamos el pozole y el ponche recién salido de la olla. El ambiente fresco obligaba a abrigarnos con más de un suéter. Presenciaba con vehemencia los aguinaldos que pronto serían repartidos; la diversidad de emociones me produjeron mareo.
Bien comidos, los adultos retomaban su plática y nosotros jugábamos con alegría. Aunque estaba presente en cuerpo, mi corazón divagaba en la nostalgia. No podía olvidar a Titina: su recuerdo se hacía presente en cada momento de mi vida, era como si viviera en mi alma, era como si el tiempo que vivimos juntas hubiera sido eterno.
A las diez y media repartieron los aguinaldos: bolsas de papel crepé con galletas, frutas y colación. Todavía me serví un poco más de ponche y regresamos a casa con papá. Él nunca iba a fiestas si no había alcohol y prefería ensimismarse en sus viejos periódicos u observar la televisión con empalagosa paciencia.
Fuimos a dormir en nuestra habitual cama. A mí me tocaba en la esquina del lado izquierdo. Tardé un poco en dormir, otra vez me perseguía el recuerdo de la Titina pero ahora era una reminiscencia infeliz: aquel cuerpo inerte que reposaba en medio del jardín con los ojos vidriosos y que escupía espuma por la boca, aquellas lágrimas de mi hermana Juana y el grito ensordecedor de mi madre al descubrir el cadáver…
Nadie sabe con certeza si su muerte fue una venganza o un accidente. El punto es que fue envenenada por comer carne de dudosa procedencia.
– ¿Estás bien, Rocío?– preguntó Juana – Sí, duérmete que mañana tenemos que ir a misa – Mi gimoteo terminó cuando me encaminé a la fantasía de los sueños.
Cuento creado por Tania E. Q.
Imagen generada con inteligencia artificial (Gemini), basada en el cuento “La Posada” de Tania Elias Quevedo, publicado en El Contemporáneo (2025).