Un mundo de ensueño

A. E. Quevedo

El sueño. Un preciado regalo de la naturaleza compartido por la mayor parte de los animales. Una actividad sumamente importante para mantener la salud física y mental. Un acto sublime, revitalizante e imprescindible para la propia vida. Una fase menospreciada por la sociedad actual, tildada injustamente de pereza. Un proceso incomprendido y despreciado por las actuales corporaciones, quienes se han empeñado en verlo como una pérdida de tiempo, de productividad. Un misterio cuyos secretos apenas comenzábamos a entender.

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Yo era un tipo corriente. Un ciudadano promedio viviendo en el caos de la gran urbe. Como la mayoría de las personas trataba de mantener un balance entre mi vida profesional y personal. El trabajo consumía al menos 9 horas de mi día a día, sin embargo lograba encontrar espacio más que suficiente para mi verdadera vida. Podrá sonar cursi y trillado, pero mi esposa y mi pequeño hijo lo eran todo para mi. Los momentos que pasábamos juntos transformaban nuestro entorno en un lugar atemporal de pleno gozo y felicidad. Yo era todo lo feliz que alguien podía ser en esta ciudad. Yo no necesitaba ni quería nada más. Yo lo tenía todo. Yo, apenas puedo recordar cómo comenzó todo…

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En años recientes la vida moderna empezó a demandar más y más de cada uno de nosotros. Aunque paradójico, en un principio la sociedad actual solo demandaba cumplir un objetivo: ser feliz. Parecía simple, pero llegar a serlo no era nada fácil. Felicidad en aquellos días significaba mantener un perfecto balance entre: educación, trabajo, prosperidad, amigos, pareja, mascotas, familia, salud, viajes «y un largo etcétera». Demasiadas exigencias para un día de 24 horas, de las cuales siete las “desperdiciamos” durmiendo. Incluso quienes habían restringido su sueño a sólo cuatro o cinco horas por día, no habían podido conseguir la “felicidad plena”.

Decenas de corporaciones alrededor del mundo invirtieron millones de dólares en el Proyecto S, esperando erradicar la necesidad de dormir. Al inicio hubo gran escepticismo y varios expertos se negaron a ser parte del proyecto al considerarlo una nueva forma de esclavitud. Sin embargo, las astutas compañías promocionaron el proyecto como “el mayor beneficio nunca antes concebido para la humanidad”. Un servicio accesible a toda persona ávida por cumplir su sueño de ser feliz. Engañados con la falsa promesa de un mundo mejor, cientos de investigadores se unieron al proyecto, el más grande y ambicioso desde el Proyecto Genoma Humano.  

Tuvieron que pasar dos décadas antes de obtener resultados positivos, pero al final el Proyecto S triunfó. La culminación fue una pequeña píldora negra llamada ensueño. Un fármaco que prometía conservar los beneficios físicos y mentales del sueño no-REM y REM, con la ventaja de una vigilia total. Así, el poderoso Homo sapiens sapiens demostraba una vez más su dominio sobre la naturaleza. La ciencia, trabajando mano a mano con las poderosas corporaciones, liberaba al ser humano de las cadenas impuestas por su biología. A partir de ese momento el hombre fue digno de trazar su propio destino.

Poco después de publicar los primeros resultados positivos, millones de personas empezaron a exigir su ración de ensueño. La presión fue tal que se aprobó antes de concluir las pruebas de bioseguridad. A nadie le importaba saber que su consumo debía restringirse a un máximo de tres meses. «Los estudios solo habían evaluado sus efectos durante este período de tiempo». Nadie sabía con certeza qué consecuencias tendría un uso prolongado. No obstante, la píldora prometía una vida de <<ensueño>> y eso era lo único que la gente quería oír.

Seis meses pasaron antes de poder encontrar el fármaco en los aparadores de cada ciudad. La humanidad, ansiosa por conocer la droga, agotó sus existencias desde el primer día. El encuentro quedaría grabado para siempre en las almas embelesadas de sus consumidores. 

Los ciudadanos de todo el mundo ya no tenían “pretextos” para ser felices. Ahora, cada uno podía mejorar su economía «doblando o triplicando turnos» y tener aun tiempo suficiente para ellos y sus seres queridos. Los investigadores del proyecto, encandilados con los múltiples galardones recibidos, permanecieron ajenos a su creación. Por su parte, las grandes corporaciones vieron recompensada su inversión, ya que quintuplicaron sus ganancias y reafirmaron su dominio sobre el mundo.

Nadie podrá negar los tres meses de bonanza, paz y  prosperidad que siguieron. La humanidad jamás experimentó un periodo de armonía caótica como aquel. Conversaciones interminables, jornadas de trabajo maratónicas, juegos infinitos, viajes eternos, el mundo era una fiesta continua las 24 horas, los siete días de la semana. La falta de tiempo había dejado de ser un problema. 

El ocaso de la era dorada comenzó apenas cinco meses después. En varios puntos del planeta, algunos consumidores reportaron una serie de síntomas peculiares: amnesia, paranoia, depresión, conducta antisocial y pensamientos suicidas. Al inicio nadie relacionó el consumo de la píldora con los síntomas; sin embargo, el aumento progresivo de individuos afectados levantó sospechas. Las compañías involucradas trataron de ocultarlo: compraron el silencio de las víctimas y sobornaron a los médicos y a la prensa. Por un tiempo la estrategia funcionó, hasta que el problema fue imposible de esconder.

De forma paulatina, las redes sociales quedaron inundadas con videos terroríficos de individuos alterados merodeando las calles. Monstruos escalofriantes arribaron a la cabeza de cientos de personas quienes, aterrorizadas, huyeron hasta encontrar su fin en “accidentes” chocantes e improbables. Otros tantos prefirieron defenderse, enfrentar a los demonios de sus mentes sin detenerse a pensar en las consecuencias. Lograron destruirlos, aniquilarlos de su psique; sin embargo, los cuerpos inertes de las criaturas fantásticas solo contenían esencia humana. 

Muchas personas enfrentaron las repercusiones del fármaco en las sombras del anonimato. Ocultos en sus hogares lidiaron con los fantasmas de la depresión. Una batalla perdida que nunca comenzó. La pesadumbre, la melancolía, el sentimiento de abandono y la desolación germinaron en las mentes de miles de desdichados. Sus vidas dejaron de importar, nadie pudo ayudarlos, el mundo les dio la espalda y poco a poco se desvanecieron silenciosamente como si nunca hubieran existido.

La población estaba desesperada. Los gobiernos, las instituciones religiosas, los centros científicos y las organizaciones internacionales, todos habían sido infiltrados por la droga. Sin importar las creencias, posturas políticas, posición social o educación, millones fueron seducidos con la promesa de un mundo feliz. Y así, el globo entero quedó sumergido en una vorágine de violencia y desolación. 

Edificios históricos y construcciones contemporáneas, inmuebles majestuosos, testimonio de un pasado glorioso abandonados para siempre. El dinero, aquel bien tan codiciado, tan venerado hace apenas un par de meses, pasó a ser un desecho más de una sociedad que ya no existe. Los hombres — sin rostro — detrás de las grandes corporaciones perdieron todo su poder cuando su fortuna fue insuficiente para conseguir un poco de comida. «Ni siquiera pudieron disfrutar de sus ganancias, su estúpida y desmedida ambición terminó por condenarnos». 

Actualmente ya no queda nadie que cultive los campos, que produzca medicamentos, ropa, alimentos, productos esenciales para vivir. La electricidad, el agua potable y los combustibles son solo un recuerdo cada día más vago. La supervivencia pasó a ser el bien más preciado. Cada día es una lucha constante, sin medicamentos ni personal sanitario cualquier herida o enfermedad pueden ser mortales. La seguridad nunca está garantizada, nadie puede «ni podrá» tener un momento de paz y tranquilidad. La confusión y el desorden acabaron por regir nuestra precaria existencia. 

Yo fui uno de los pocos que nunca probó la píldora ensueño. Disfrutaba plenamente aquellas horas de calma en compañía de mi familia. Olvidarnos del mundo sumergidos en un universo absurdo de sueños y fantasías. Despertar llenos de energía, revitalizados y ansiosos por vivir un día más. Creo que nunca me interesó probar la droga porque yo era sumamente feliz. No necesitaba que la sociedad me dijera cómo serlo, a mi modo, yo lo era. Nuestro ridículo orgullo y codicia nos sumergieron en este infierno terrenal. Me robaron todo, me despojaron de lo más valioso que tenía. Ha sido una dura lección, solo espero que tengamos la oportunidad de enmendarlo, aunque para ser sincero ya nada me importa. 

A. E. Quevedo es una escritora e ilustradora mexicana cuya obra transita entre la oscuridad del terror y las infinitas posibilidades de la ciencia ficción. Fascinada por los límites de la realidad y la mente humana, construye universos donde lo insólito se convierte en espejo de lo cotidiano. Su estilo combina imaginación visual, profundidad emocional y una mirada crítica sobre la condición humana, consolidándola como una voz singular dentro de la literatura fantástica contemporánea.

 

Imagen generada con inteligencia artificial (ChatGPT, GPT-5), basada en el cuento “Un mundo de ensueño” de A. E. Quevedo, publicado en El Contemporáneo (2025).