Hay organizaciones que nacen de un diagnóstico técnico y otras que nacen de una herida compartida. La Red Mujeres por la Soberanía Alimentaria, A.C. —MUSA— pertenece a esta segunda estirpe. Surgió del encuentro entre académicas, profesionistas, mujeres rurales, campesinas e indígenas del estado de Guerrero que decidieron, en algún punto, dejar de pedir permiso para ocupar un lugar que siempre les perteneció: la mesa donde se decide qué comemos, cómo lo producimos y quién se beneficia de ello.
Conocí el trabajo de esta red a través de la doctora Teolincacihuatl Romero Rosales, fitopatóloga, investigadora de la Universidad Autónoma de Guerrero y una de las voces que ha sostenido este proyecto desde sus raíces académicas hasta su aterrizaje en las comunidades. Su trayectoria —doctorada en el Colegio de Postgraduados, formada en protección vegetal y agroecología— podría haberse quedado cómodamente en el cubículo universitario. En cambio, se volvió puente: entre el laboratorio y la milpa, entre el conocimiento científico y el saber campesino que durante generaciones ha sido transmitido, casi siempre, por mujeres.
Y es que MUSA no es solo un proyecto de producción agrícola. Es, antes que nada, un proyecto político en el sentido más noble de la palabra: organizar a las mujeres del campo para que dejen de ser mano de obra invisible y se conviertan en sujetas de decisión. Sus objetivos estratégicos lo dejan claro desde el primer renglón: empoderar a la mujer rural, potenciar liderazgos femeninos en la comercialización y transformación agroecológica, y construir organización campesina femenina en torno a estrategias productivas y socioambientales.
Pero hay un eje que atraviesa todo lo demás y que merece subrayarse: la restauración y dignificación del maíz nativo. Y aquí conviene poner los números sobre la mesa, porque detrás del discurso hay una urgencia medible. México alberga 64 razas de maíz, de las cuales 59 son nativas; Guerrero, por sí solo, concentra 32 de esas razas —prácticamente la mitad de la diversidad genética del país— y más de 300 variedades locales adaptadas durante generaciones a sus microclimas, desde la Costa Chica hasta la Montaña. Esa riqueza, sin embargo, se erosiona: la introducción de semillas mejoradas, los mercados cambiantes y la migración rural han ido reduciendo año con año la superficie sembrada con maíces criollos, en un fenómeno que organismos como el CIMMYT estiman ha hecho desaparecer ya más de la mitad de las variedades que alguna vez existieron en el continente.
Quien sostiene lo que queda de esa diversidad, en la práctica, son las mujeres. El Censo Agropecuario 2022 del INEGI documentó que solo 19 % de las 4.6 millones de unidades de producción agropecuaria del país está dirigida formalmente por una mujer, y que estas unidades operan, en promedio, con 8.8 hectáreas —casi seis menos que las dirigidas por hombres— y con menor acceso a riego, crédito y maquinaria. La brecha salarial en el sector agrícola es de 18.4 %. Y, sin embargo, ese mismo censo y la Encuesta Intercensal del INEGI revelan otra cara del problema: en las zonas rurales, 9 de cada 10 mujeres mayores de 12 años realizan trabajo no remunerado —frente a menos de 5 de cada 10 hombres—, sosteniendo con ese trabajo invisible buena parte de la economía de traspatio, la selección de semilla y la alimentación familiar.
Es decir: las mujeres producen, conservan y alimentan, pero rara vez son reconocidas como titulares de la tierra ni beneficiarias directas de la cadena de valor. Aunque existe -desde octubre 2024 (con la llegada de la Presidenta Claudia Sheinbaum)- la esperanza, voluntad y trabajo compartido de la Procuraduría Agraria para que las mujeres legalmente sean titulares de su tierra. Lo anterior está plasmado en el compromiso 53 de 100 compromisos para el Segundo Piso de la Cuarta Transformación, el cual consiste en otorgar justicia agraria y reconocer los derechos agrarios de más de 150 mil mujeres en México; hasta el cierre del año 2025 la SEDATU reportó que se avanzó con 27 mil mujeres que ya cuentan con esos derechos. Cifra alentadora pero aún queda mucho por trabajar.
La pertinencia de MUSA radica en revertir esa invisibilización convirtiendo a las mujeres que ya cargan con el trabajo —remunerado y no remunerado— en propietarias del proceso completo: de la milpa a la transformación y la venta. Cuando MUSA convierte maíz nativo e insumos agroecológicos en botanas saludables, no solo está innovando en producto; está corrigiendo, a escala comunitaria, una distorsión que las estadísticas nacionales documentan desde hace años: la de mujeres que sostienen la producción de alimentos sin recibir a cambio ni tierra, ni crédito, ni el valor agregado de su propio trabajo.
Esa es, quizás, la lección más importante que ofrece esta red: la soberanía alimentaria no se logra solamente sembrando distinto, sino organizándose distinto. MUSA ha entendido que sin autogestión no hay autonomía, y que sin perspectiva de género cualquier modelo agroecológico corre el riesgo de reproducir las mismas jerarquías que dice combatir. Por eso su misión no se limita a la producción: incluye el rescate de saberes tradicionales, el sistema milpa, el uso de plantas medicinales y la construcción de mercados justos donde el trabajo de la mujer campesina tenga el reconocimiento —y el precio— que merece.
¿Puede MUSA convertirse en un modelo de referencia nacional? Creo que ya está dando los primeros pasos para serlo, y no por casualidad, sino por diseño. Conviene recordar lo que está en juego más allá de Guerrero: la FAO calcula que, si se cerrara la brecha de género en la productividad agrícola y se eliminara la diferencia salarial entre hombres y mujeres en el campo, el producto interno bruto mundial crecería cerca de un 1 %, una cifra equivalente a casi un billón de dólares, y la inseguridad alimentaria global se reduciría en alrededor de 45 millones de personas. No es un dato menor ni abstracto: es la prueba de que lo que MUSA hace a escala local —dar a las mujeres acceso a recursos, capacitación y control sobre la cadena productiva— es exactamente el tipo de intervención que, multiplicada, podría mover indicadores nacionales de pobreza y seguridad alimentaria. Su fórmula combina tres ingredientes que rara vez se encuentran juntos: respaldo académico e institucional —a través de la UAGro y la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación—, organización comunitaria de base y un enfoque de género explícito y no maquillado.
La mayoría de los programas de desarrollo rural en México han fallado precisamente porque les falta alguno de estos tres elementos: o son técnicamente sólidos pero ajenos a la comunidad, o son comunitarios, pero carecen de sostenibilidad institucional, o hablan de inclusión sin tocar las estructuras de poder que mantienen a las mujeres al margen de la toma de decisiones.
Replicar MUSA en otros estados no significa copiar un manual, sino adoptar su método: partir de las mujeres que ya sostienen la producción de alimentos en sus comunidades, darles herramientas técnicas y organizativas, y permitirles liderar —no solo participar en— los procesos de comercialización y transformación. Es un modelo que no necesita inventar a la mujer rural como protagonista; solo necesita dejar de ignorarla.
En tiempos donde la soberanía alimentaria se discute en foros internacionales mientras el campo mexicano sigue envejeciendo y despoblándose, experiencias como la de MUSA recuerdan algo elemental: la transformación del campo no vendrá de políticas diseñadas desde un escritorio lejano, sino de las mujeres que, como dice su propio lema, llevan en el corazón un producto que nace de la tierra y merece un lugar en nuestras mesas, en nuestros mercados y en nuestras decisiones.
Nota: Si gustan conocer más de MUSA pueden hacerlo a través de una entrevista que realicé para Amanecer Campirano a la Dra. Teolincacihuatl Romero Rosales, líder de la Red MUSA mujeres por la soberanía alimentaria- UAGro. Publicada el 24 de junio de 2026. Consultarla en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=mCdlgvfoGyQ&list=PLEYn3dBcx-_5Z50LSecE6CulVsKqUq-aA&index=3
Sígueme en X como: @Mafer_odi