Hace no mucho, el mundo parecía encaminado hacia una nueva era de prosperidad. La Inteligencia Artificial irrumpía como un motor de productividad y los mercados celebraban su promesa de eficiencia. Pero, como suele ocurrir, la realidad económica global es más compleja que el entusiasmo de las pantallas bursátiles.
Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), el crecimiento mundial apenas rozará el 3.2% en 2025 y 3.1% en 2026. No es una crisis, pero tampoco un motivo de celebración. El año ha estado marcado por una mezcla de avances tecnológicos, tensiones comerciales y políticas inciertas. Estados Unidos, por ejemplo, sacudió las normas del comercio global al imponer nuevos aranceles. Aunque el impacto inicial fue menor al esperado, el riesgo de que esos costos se trasladen a consumidores y empresas sigue latente.
A la par, la euforia por la IA impulsa una inversión sin precedentes, similar a la burbuja de las punto com de los años noventa. Las empresas apuestan a que la tecnología redefinirá el trabajo, la producción y la innovación. Y puede hacerlo. Pero si los resultados no igualan las expectativas, el ajuste podría ser doloroso. Las burbujas siempre nacen del exceso de confianza.
China enfrenta su propio laberinto: un sector inmobiliario debilitado, deuda creciente y subsidios masivos que distorsionan la productividad. Europa sobrevive gracias al gasto público, mientras que los países emergentes, beneficiados por un dólar más débil, siguen luchando con presupuestos ajustados y deuda elevada.
El FMI advierte cuatro riesgos que podrían redefinir el rumbo global: la posible sobrevaloración de la IA, la fragilidad estructural de China, el aumento de la deuda pública y la pérdida de credibilidad de las instituciones económicas. Son señales que invitan a mirar más allá de los titulares optimistas.
Sin embargo, no todo es pesimismo. Si los países logran reducir la incertidumbre política y comercial, fortalecer la educación y fomentar la innovación, el crecimiento global podría aumentar hasta un 1% adicional. El futuro, como siempre, depende de las decisiones presentes.
En el fondo, 2025 no es un año perdido, sino un punto de inflexión. Un momento para repensar la relación entre política, tecnología y economía. Para recordar que el progreso no depende solo de algoritmos o subsidios, sino de la confianza, la cooperación y la visión a largo plazo.