En el mundial Brasil 2014, el matemático y estratega financiero alemán Joachim Klement, quien actualmente es jefe de estrategia en la firma Panmure Liberum, desarrolló un modelo matemático para predecir al campeón del mundo y, aunque lo hizo de manera satírica con el fin de ridiculizar la arrogancia de los economistas que intentan predecir el futuro, logró acertar al indicar que Alemania se llevaría la victoria, algo que muchos descontaban pues ningún equipo europeo había ganado la copa en Sudamérica antes.
Esto hizo que su modelo tuviera un gran impacto mediático y hoy no puede pasar desapercibido pues, además del mundial de 2014, también acertó con Francia en 2018 y Argentina en 2022. Para este año su modelo apunta que Países Bajos se llevará la Copa del Mundo, lo cual llama la atención porque no se trata del favorito más evidente en la conversación popular.
A diferencia de otras metodologías predictivas para el futbol basadas únicamente en estadísticas deportivas, el modelo de Joachim Klement parte de una idea poco habitual: para entender qué selección puede ganar una Copa del Mundo no basta con mirar a sus delanteros, su entrenador o sus últimos resultados. También hay que observar las condiciones del país que está detrás de esa selección.
Klement, estratega de Panmure Liberum, utiliza un modelo que combina variables económicas, demográficas y deportivas. Entre ellas están el PIB per cápita, la población, la temperatura media, la ventaja de localía y los puntos del ranking FIFA. Con esos datos intenta estimar qué países tienen mejores condiciones estructurales para competir al máximo nivel.
Su lógica es relativamente sencilla. Un país con mayor ingreso puede tener mejor infraestructura deportiva, academias, servicios médicos y organización. Una población más grande amplía el número potencial de jugadores. El clima también importa, porque temperaturas muy extremas pueden dificultar la práctica constante del fútbol. Y el ranking FIFA ayuda a incorporar el momento competitivo de cada selección.
El modelo no dice que el país más rico o más poblado será campeón. Más bien busca combinar varios factores para calcular probabilidades. Por eso resulta interesante: traduce el fútbol a una lectura más amplia, donde el rendimiento de una selección no depende solo de una generación de jugadores, sino también del entorno que permitió formarla.
Aun así, Klement reconoce una limitación importante. Su modelo explica solo una parte del éxito mundialista. El resto queda en manos del azar: lesiones, expulsiones, penales, errores defensivos o partidos que cambian por una sola jugada. En un torneo corto como el Mundial, esos detalles pueden pesar tanto como cualquier estadística.
El interés del modelo no está únicamente en acertar o fallar, sino en mostrar que el fútbol también puede analizarse desde factores económicos y sociales. La lección de fondo es que una selección nacional no nace de la nada. Detrás de cada equipo hay infraestructura, cultura deportiva, población, inversión y contexto. La estadística puede ayudar a ordenar esos elementos, aunque nunca podrá eliminar por completo lo que hace impredecible al Mundial: que una sola jugada puede cambiarlo todo.