- Desde hace más de seis décadas, un centro de investigación con sede en Texcoco ha puesto el conocimiento científico al servicio de quienes siembran maíz y trigo, los cultivos que sostienen la mesa de millones de familias mexicanas.
El Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) es una organización internacional de investigación y capacitación sin fines de lucro, con sede global en El Batán, Texcoco, Estado de México. Fundado en 1966, forma parte del CGIAR, la mayor alianza mundial de investigación agroalimentaria para el desarrollo. Sus raíces se remontan a los programas de cooperación agrícola entre el gobierno mexicano y la Fundación Rockefeller en la década de 1940, donde el científico Norman Borlaug desarrolló variedades de trigo resistentes a enfermedades y de alto rendimiento. Aquel trabajo contribuyó a la llamada Revolución Verde y le valió el Premio Nobel de la Paz en 1970. Hoy el CIMMYT colabora con decenas de países, pero México sigue siendo su casa y su laboratorio vivo más importante.
Pilares y ejes de trabajo
Su labor puede resumirse en tres pilares: investigación científica, innovación aplicada en campo y desarrollo de capacidades. Sobre ellos se organizan sus ejes temáticos: mejoramiento genético de maíz y trigo; conservación y uso de recursos genéticos; sistemas agroalimentarios sustentables; cultivos de zonas áridas; adaptación y mitigación del cambio climático; nutrición, salud y seguridad alimentaria; reducción de la pobreza y generación de medios de vida; salud ambiental y biodiversidad; e igualdad de género, juventud e inclusión social. La formación de técnicas, técnicos y productores, a través de la CIMMYT Academy, atraviesa todos ellos.
Principales líneas de investigación
- Mejoramiento genético. Desarrollo de variedades de maíz y trigo con mayor rendimiento y tolerancia a la sequía, el calor, las plagas y enfermedades como la roya del trigo o el fusarium, además de materiales biofortificados con mejor valor nutricional.
- Recursos genéticos. Su banco de germoplasma resguarda decenas de miles de muestras de maíz y trigo, incluidos maíces nativos y parientes silvestres, disponibles para investigadores y mejoradores de todo el mundo. A ello se suma el estudio científico de la biodiversidad del maíz, como el Atlas Molecular del Maíz.
- Agricultura de conservación. Labranza mínima, cobertura permanente del suelo con residuos y rotación o diversificación de cultivos para recuperar suelos, aprovechar mejor el agua y reducir costos de producción.
- Innovación digital y mecanización. Herramientas como la Bitácora Electrónica MasAgro, maquinaria adaptada a pequeña escala y mejores prácticas de manejo del agua y de la fertilización.
Es importante que la sociedad en general sepamos que el trabajo del CIMMYT no se limita al laboratorio. Sus equipos prueban las tecnologías en parcelas reales, con la participación de las y los agricultores, para que las soluciones sean viables en los distintos suelos, climas y condiciones económicas del país. Esa cercanía con el territorio es una de las razones por las que sus resultados se traducen en prácticas que las familias productoras pueden adoptar.
¿Por qué el CIMMYT es importante para el campo mexicano?
México es centro de origen y diversificación del maíz, con alrededor de 60 razas nativas, y el cultivo está en el corazón de su alimentación, su economía rural y su identidad. En ese contexto, el CIMMYT se ha convertido en un aliado técnico del país. Su proyecto más conocido es MasAgro (Modernización Sustentable de la Agricultura Tradicional), impulsado junto con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, que lleva la investigación a la parcela mediante plataformas experimentales, módulos demostrativos, extensionismo y técnicos certificados que acompañan a las y los productores.
La vinculación es también institucional. Según la propia Secretaría de Agricultura, el INIFAP y el CIMMYT firmaron más de 85 convenios de colaboración en los últimos tres años en favor de productores de pequeña y mediana escala. Con el sector privado destacan alianzas como la de Gruma, para formar técnicos en agricultura sustentable, y la de Ingredion, renovada en 2025, que reporta trabajo con 1,200 familias productoras en 11,400 hectáreas de maíz amarillo y reducciones de hasta 20 % en emisiones de gases de efecto invernadero mediante un uso más oportuno de fertilizantes.
Pese a las distintas administraciones del Gobierno Federal y visiones en política pública enfocada y aplicada al campo sexenio tras sexenio, la relación del CIMMYT con las instituciones se ha mantenido en pro de las y los productores, convirtiéndose en el mejor aliado para que el campo mexicano pueda encontrar un camino menos abrumador ante las distintas realidades y problemáticas a las que se enfrenta.
El impacto del CIMMYT se mide también en lo cotidiano. En proyectos como Milpa Sustentable, en la Península de Yucatán, productoras y productores cooperantes recuperan semillas nativas y adoptan la agricultura de conservación en estados como Quintana Roo. El intercambio de semillas entre comunidades, el mejoramiento participativo de maíces criollos y la capacitación técnica fortalecen la autonomía de las familias y protegen un patrimonio biocultural que no se encuentra en ningún otro lugar.
Desde la mirada de Surcos Violetas, el componente de inclusión es clave. Las mujeres rurales siembran, cosechan, seleccionan y guardan semilla, pero con frecuencia tienen menos acceso a la tierra, al crédito, a la capacitación y a la tecnología. Por eso resultan relevantes iniciativas como el taller de género y tecnologías en agricultura sustentable realizado en el Hub Chiapas, que buscan que la innovación llegue a todas las personas y no solo a quienes ya tenían acceso a ella.
A ello se suma la formación de capacidades. Cada año, técnicas, técnicos, estudiantes y productores participan en cursos, talleres y días de campo que multiplican el alcance del conocimiento y permiten que las innovaciones sigan funcionando cuando los proyectos concluyen. También hay una dimensión de seguridad alimentaria y nutrición. El maíz y el trigo aportan una parte fundamental de las calorías y las proteínas que se consumen en México, de modo que mejorar su productividad, su calidad y su resistencia ante el clima extremo tiene efectos directos sobre el precio y la disponibilidad de alimentos básicos como la tortilla, el pan y la pasta.
Una red que sigue creciendo
La presencia es a nivel nacional, además de su sede en Texcoco, el CIMMYT cuenta con estaciones experimentales en lugares como Ciudad Obregón (Sonora), Toluca (Estado de México), Tlaltizapán (Morelos) y Agua Fría (Puebla); se suma una red de hubs regionales, entre ellos Valles Altos, Bajío, Pacífico Sur, Chiapas, Península de Yucatán e Intermedio, que cubre las principales regiones agroecológicas del país y tiene actividad en estados como Guanajuato, Querétaro, Zacatecas, Durango, Chiapas y Quintana Roo.
Esa presencia se continua ampliando ya que a finales de septiembre de este año se inauguró en Tlaltizapán, Morelos, del Centro de Capacitación Internacional en Tecnologías Agrícolas Sustentables (CIMCITI), que dispone de 20 hectáreas activas con maíces nativos, arroz, manejo del agua, tecnologías digitales y mecanización.
Esta red permite que las soluciones se adapten a realidades muy distintas: desde los valles irrigados del noroeste hasta las laderas de temporal del sur y las milpas de la península. En cada región, el trabajo se construye con instituciones locales, gobiernos estatales, universidades, organizaciones de productores y empresas, lo que facilita que las innovaciones se queden en el territorio.
En tiempos de sequía, cambio climático y presión sobre los costos de producción, el reto del campo mexicano es producir más y mejor sin agotar suelo, agua ni biodiversidad. La experiencia del CIMMYT muestra que la ciencia rinde más cuando camina junto a las comunidades, escucha sus saberes y reconoce a las mujeres como protagonistas del cambio. Ese es, quizá, su aporte más valioso: demostrar que el conocimiento solo florece cuando se comparte.
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