“La tierra es para quien la trabaja”: María Velázquez, la mujer que transforma el maíz en memoria

• En el Día Internacional de las Mujeres Rurales, una transformadora de alimentos de Colima nos habla de semillas propias, tamales prehispánicos y del orgullo de las raíces.

Este 15 de octubre el mundo conmemora a las mujeres rurales. En la ciudad solemos olvidar que la tortilla, el tamal o el atole llegan a la mesa después de un trabajo que casi nunca vemos: alguien sembró, alguien eligió la semilla, alguien transformó la cosecha. Para entender un poco mejor ese trabajo conversé con María Velázquez, quien, desde el estado de Colima, junto con su familia, cuida parcelas de maíz, calabaza, chayote y café.
Ella misma lo aclara desde el principio: no se considera productora, sino transformadora. Sin embargo, en su relato aparece algo más amplio: la guardiana de una semilla, de una receta ceremonial y de un modo de cultivar que se aprende en casa. Esto fue lo que me contó.
¿Cómo es su labor en el campo y qué produce?
Yo no me considero productora del campo, pero sí transformadora de los productos que mi esposo y mis hijos cultivan. Ellos tienen sus parcelas y ahí siembran maíz, calabaza y chayote. Nuestro campo fue tomado como parcela demostrativa por el grupo de Sembrando Vida, y con las escuelitas de campo nos asesoraron para producir solo con abonos orgánicos. Por eso a nuestro trabajo se le considera agroecología. Ha venido gente a conocer cómo producimos y mi nuera y yo hemos dado talleres para mostrar lo que transformamos de lo que ahí mismo se cultiva.
¿Y qué transforman?
Ahorita empieza la temporada de elote, así que hacemos pan de elote, tamales de elote y sopitos con crema y mantequilla, pero eso es para consumo de la familia. Últimamente también llevamos a vender tortilla de maíz negro y de maíz blanco, y tamales. Mi especialidad es el tamal del libro.
Cuéntenos del tamal del libro, ¿cómo se elabora?
Es un producto típico de aquí, de la región, y yo lo he promovido como un producto gastronómico prehispánico, creación de nuestros antepasados. Antes solo se hacía en casa. Era un detalle ceremonial: se daba a los padrinos de bautizo o de confirmación como agradecimiento, tres tamales para la madre y tres para el padrino, o seis y seis. Se estaba perdiendo esa cultura.
¿Y el proceso?
Llevamos tres días preparándolo. Cortamos la hoja entera de la planta de plátano y la ponemos toda la tarde a marchitar al sol. Ya por la tarde la recortamos y quitamos la parte dura del centro; usamos la parte blandita. Sobre ella extendemos la masa, que preparamos con nixtamal, molino y mantequilla, lo más delgada que se pueda. Encima va la carne de cerdo en salsa roja o verde, y también puede llevar queso, rajas o frijoles, según el gusto de quien lo consume. Se doblan las orillas unos tres o cuatro centímetros y se enrolla como si fuera un libro, de cinco o seis vueltas. Lo hago por el gusto de rescatar estos productos, esta cultura y la gastronomía que se estaba perdiendo. Hay otro tamal, hecho con el maíz recién cosechado y dorado, que ya nadie elabora por aquí.
Antes de casarse, ¿su familia también se dedicaba al campo?
Sí, mi papá fue campesino toda la vida y con él aprendieron mis hijos a cultivar la tierra y a cosechar. Nosotros aprendimos a transformar el maíz en alimentos: atole, sopitos, tostadas, tamales, tacos, todo con lo que cosechamos. En mis ratos libres me traen la mazorca con hoja; yo saco la hoja, desgrano y selecciono la semilla que se va a sembrar el próximo año. No soy agricultora como los hombres, que trabajan la tierra, pero también ayudamos en la parcela. Tienen cafetal y entre todas las familias cosechamos el café cuando madura: es un proyecto familiar campesino.
La selección de semilla es un tesoro para México. ¿En qué se fija?
Desde niña mi papá nos enseñó. Pelas la mazorca, separas las más grandes y las despuntas, como dos o tres centímetros de cada lado, para que quede el centro. Luego se desgrana y se guarda en botes o en bolsas negras de plástico, con cal para que no se pique. Todos los años me toca hacer eso, y de esa semilla siguen cultivando año con año.
¿Les ha funcionado mejor su propia semilla?
Quienes venden semilla de maíz transgénico dicen que no sembremos de nuestra propia cosecha, que no se va a lograr. Yo he notado que eso no es verdad: aquí siempre hemos cultivado así y estamos demostrando que sí se puede. Aprendimos desde el principio a seleccionar lo que se va a cultivar y a guardar la semilla, y aparte el grano para consumo diario, que vamos transformando en alimentos.
Hoy se reconoce a las mujeres rurales, pero también queremos que quienes hacen política pública del campo les den mejores oportunidades. ¿Qué diría a sus compañeras, vecinas y a su nuera?
Que no pierdan la costumbre de nuestros pueblos indígenas. A veces nos avergonzamos de nuestras raíces, pero bien vista, el campo nos da todo lo que consumimos los seres humanos. La tierra es para quien la trabaja y, si queremos buenos alimentos y buenas cosechas, hay que dedicarle el tiempo necesario. Que cuidemos el campo y que les infundamos a nuestros hijos la grandeza de saber trabajarlo, para no depender de alimentos ya hechos que nos están dañando. Si nos ponemos a cultivar, tendremos mejores tierras, mejores alimentos y menos enfermedades. Y las invito a unirse a las escuelitas de campo.
En el marco del Día Internacional de las Mujeres Rurales, Surcos Violeta no encontró mejor manera de conmemorarlo que mostrando que sin mujeres como María el campo mexicano y la tan ansiada soberanía alimentaria que busca el gobierno federal no sería posible. Gracias a María y las más de 16 millones de mujeres viven en localidades rurales* en México es posible contar con alimentos en nuestra mesa, pero más allá de ello ellas son las guardianas de las simillas, lo que significa que sin su trabajo no hay siembra, no hay memoria, no habría nada.
Antes de despedirse, María agradeció que se tome en cuenta lo que, dice, “poco podemos”. Su trabajo, sin embargo, es enorme: sostiene la diversidad del maíz, mantiene vivo un tamal ceremonial y ofrece una alternativa agroecológica que se aprende en familia. Queda el reto de que esos alimentos lleguen a las ciudades en condiciones justas y de que el reconocimiento de hoy se traduzca en oportunidades reales para las mujeres rurales.

*Dato del INEGI